Con la culminación de la IV Cumbre Nacional de Mujeres Diputadas, un encuentro simbólico realizado en la ciudad de Ibagué, resuena en redes y medios la afirmación: “Las mujeres están cambiando la historia de la política”. Esta frase, que celebra el progreso y la creciente participación de las mujeres en los espacios de poder, merece ser analizada desde una perspectiva pragmática para identificar los desafíos culturales y estructurales que aún persisten en contextos marcados por la desigualdad de género.
Aunque la expresión parece empoderadora, ¿qué presupuestos y omisiones encierra? En primer lugar, no implica necesariamente que se estén abordando las raíces estructurales de la desigualdad de género dentro del ámbito político. Más bien, puede limitarse a destacar a un grupo selecto de mujeres que han logrado acceder a espacios históricamente excluyentes, sin cuestionar quién define qué constituye un cambio significativo ni si estas transformaciones benefician a todas las mujeres o solo a unas cuantas.
¿Es suficiente hablar de mujeres en política sin revisar las estructuras que las rodean? ¿Son las mujeres quienes transforman la política desde adentro, o es la política —con sus reglas, lógicas de poder y jerarquías— la que sigue moldeando, cooptando o incluso instrumentalizando la presencia femenina?
Desde un sentido crítico y humanizado, podríamos optar por invertir la frase y afirmar que “la política cambia la historia de las mujeres”. Este giro discursivo pone el foco en cómo la estructura política y social incide en la configuración de la vida de las mujeres, reconociéndolas como agentes activas, pero también como sujetas atravesadas por condiciones materiales, históricas y simbólicas. Esta visión obliga a revisar qué tipo de política se está construyendo y para quién.
No se trata solo de sumar nombres femeninos en cargos públicos, sino de transformar la política misma, incorporando las experiencias, necesidades y saberes de mujeres que históricamente han sido marginadas: mujeres racializadas, con discapacidad, rurales, trans o lesbianas, entre otras. De lo contrario, corremos el riesgo de que la participación femenina se convierta en una estrategia simbólica o tokenista, que reproduce el statu quo bajo una apariencia de inclusión.
Por eso, la invitación es clara: que los medios de comunicación, la ciudadanía y las propias instituciones no se queden únicamente en la celebración de la presencia de las mujeres en la política. Es imprescindible avanzar hacia un cuestionamiento profundo de las estructuras de poder existentes y construir colectivamente una política más justa, equitativa e incluyente, donde todas las mujeres —en su diversidad— puedan no solo participar, sino incidir y transformar.







